Cuando el duelo entra en tu aula

Hay situaciones para las que ningún docente siente que está del todo preparado.
Imagina que llegas al colegio una mañana y te comunican que uno de tus alumnos ha perdido a alguien importante. Sabes que en unos minutos va a entrar por la puerta y, casi inevitablemente, empiezan las preguntas:
¿Qué le digo? ¿Le pregunto cómo está? ¿Hablo del tema? ¿Le dejo trabajar como siempre? ¿Y qué hacemos con el resto de la clase?
Queremos hacerlo bien. Tanto, que a veces el miedo a equivocarnos hace que no sepamos cómo actuar.
Pero quizá podamos empezar por algo mucho más sencillo:
La escuela no tiene que hacer terapia de duelo. La escuela tiene que acompañar.
El duelo también entra en la escuela
Cuando un niño pierde a alguien importante, no deja su dolor en la puerta del colegio. El duelo entra con él en clase, sale al patio, aparece mientras hace una ficha o, inesperadamente, mientras escucha un cuento.
Y no siempre se manifiesta como imaginamos.
Puede haber tristeza y llanto, pero también enfado, irritabilidad, dificultades para concentrarse, mayor necesidad del adulto o cambios en la conducta. Y también puede haber risas, juegos y momentos en los que aparentemente no ocurre nada.
William Worden, uno de los autores de referencia en el estudio del duelo, plantea este proceso desde una perspectiva activa de adaptación a una nueva realidad. En la infancia, además, la forma de comprender y expresar la pérdida está estrechamente relacionada con el momento evolutivo.
Por eso, una de las primeras cosas que debemos evitar es decidir cómo debería estar sintiéndose ese niño.
Puede llorar.
Puede no hacerlo.
Puede querer hablar.
Puede no querer contar absolutamente nada.
Puede necesitar salir un momento de clase y, al día siguiente, querer hacer el examen como todos los demás.
No hay una única forma de vivir el duelo.
Entonces, ¿qué podemos hacer desde el aula?
A veces pensamos que necesitamos encontrar las palabras perfectas.
Y probablemente no existan.
Un simple:
«Estoy aquí si me necesitas»
puede ser mucho más respetuoso que preguntar continuamente «¿cómo estás?».
También podemos ofrecer pequeñas medidas que proporcionen seguridad: mantener las rutinas habituales, flexibilizar alguna tarea cuando sea necesario, acordar un adulto de referencia o permitir que utilice una señal discreta para indicar «necesito un momento» sin tener que explicar delante de toda la clase lo que le ocurre.
Porque mantener la normalidad también puede ser una forma de cuidar.
Imaginemos que una alumna vuelve al colegio después de una pérdida y pregunta:
—Profe, ¿hoy tengo que hacer el examen?
Quizá nuestra reacción inmediata sea decirle que no.
Pero ¿y si quiere hacerlo?
¿Y si durante esos cuarenta minutos necesita precisamente sentirse una más?
Podemos ofrecer una alternativa:
—Puedes hacerlo. Y si empiezas y ves que necesitas parar, me lo dices.
No estamos ignorando lo ocurrido. Estamos respetando sus necesidades y devolviéndole un pequeño espacio de decisión.
Hablar con naturalidad también es acompañar
Otro de nuestros temores suele ser hablar de la muerte.
Con los niños, especialmente con los más pequeños, conviene utilizar un lenguaje sencillo, honesto y adaptado a su edad. Expresiones como «se ha ido», «está dormido» o «lo hemos perdido» pueden generar más confusión de la que pretendemos evitar.
Y también podemos decir:
«No lo sé».
Los adultos no tenemos que tener respuesta para todo.
Tampoco necesitamos eliminar inmediatamente la tristeza.
Cuando un niño llora, frases como «no llores», «tienes que ser fuerte» o «venga, no estés triste» nacen de una buena intención, pero transmiten, sin querer, que esa emoción debería desaparecer.
A veces es suficiente con sentarnos cerca y decir:
«Veo que estás triste. Estoy contigo».
Y quedarnos.
Y no olvidemos al resto de la clase
Cuando el duelo entra en un aula, de alguna manera también alcanza al grupo.
Los compañeros pueden tener preguntas, miedo, curiosidad o simplemente no saber cómo comportarse.
También ahí tenemos una oportunidad educativa.
Podemos explicar lo necesario sin entrar en detalles, escuchar sus dudas y enseñarles algo que quizá ningún libro de texto recoja:
cómo acompañar a alguien que está sufriendo.
Seguir invitándole a jugar.
No preguntarle constantemente qué le ocurre.
Respetar si quiere hablar.
Respetar si no quiere hacerlo.
Seguir tratándolo como su compañero.
Porque la escuela también enseña a estar al lado de los demás.
Acompañar sin invadir
Quizá esa sea la idea que mejor resume todo.
No podemos evitar que un niño atraviese el dolor de una pérdida. Tampoco debemos convertir cada reacción emocional en un problema que tengamos que solucionar.
Podemos observar, estar disponibles, coordinarnos con la familia y con orientación y pedir ayuda cuando el malestar se intensifique o aparezcan señales que nos preocupen.
Pero, sobre todo, podemos ofrecer presencia, seguridad y tiempo.
Así que quizá la pregunta no sea:
«¿Qué tengo que decirle?»
Sino:
«¿Qué necesita este niño de nosotros hoy?»
Porque hoy puede necesitar hablar.
Mañana puede necesitar silencio.
Y pasado mañana quizá solo quiera salir al patio y jugar.
Y todo ello puede formar parte del mismo proceso.

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He preparado un material visual con pautas prácticas para el profesorado, ideas para acompañar desde el aula y ejemplos de frases que pueden ayudar —y otras que conviene evitar—.
Puedes descargarlo gratuitamente desde esta entrada, guardarlo entre tus recursos o compartirlo con tu equipo docente.
Porque cuando el duelo entra en el aula no necesitamos tener todas las respuestas.
Necesitamos saber acompañar.
Mireia Jiménez · Tu Mochila










